LA CASA DE LOS BUENDÍA | Una historia oculta de ‘Cien años de soledad’

Tras la muerte del Premio Nobel de Literatura, Gabriel García Márquez, la revista NEXOS incluyó en un dosier dedicado al Gabo un artículo de Álvaro Santana Acuña intitulado Una historia oculta de Cien años de soledad. En ella el docente de la Universidad de Harvard, quien escribe un libro sobre la transformación de Cien años de soledad en un clásico global, acaba con el cuento de cómo el escritor colombiano escribió de principio a fin su máxima obra literaria en México.

Según la leyenda —anota Santana Acuña, quien escribe un libro sobre Cien años de soledad en un clásico global—, siendo García Márquez un escritor poco conocido fuera de Colombia, en julio de 1965, abandonó su trabajo tras tener una epifanía:

“Iba de la Ciudad de México hacia Acapulco para unas vacaciones familiares, cuando de repente un venado cruzó la carretera. García Márquez no atropelló al animal, sino que allí mismo fue atropellado por el comienzo de una novela: Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo.

“Tras ese episodio, García Márquez habría decidido regresar a su casa en la Ciudad de México, donde se encerró a escribir durante dieciocho meses la novela que la editorial Sudamericana publicó en mayo de 1967: Cien años de soledad”. Hasta ahí la leyenda.

Por alguna razón, García Márquez ocultó la verdad, incluso quemó todos los cuadernos y diagramas usados para redactar la novela, y años después, unas galeradas con sus correcciones de puño y letra desaparecieron de los archivos de la editorial Sudamericana.

Pero la verdadera historia ha empezado a salir a flote. Álvaro Santana concluye que Cien años de soledad no le tomó escribirla al Gabo los dieciocho meses que se dicen, sino quince años, pues la comenzó en 1950, a sus 23 años de edad.

Como un dato contundente, refiere que García Márquez publicó en Crónica, una revista colombiana que duró 13 meses, La casa de los Buendía (Apuntes para una novela). Después de eso cargó durante 15 años con un manuscrito de setecientas cuartillas al que originalmente tituló La casa.

El artículo deja mal parados a quienes han alimentado la idea de que el Gabo concibió el mundo de Macondo en México, partiendo de su encanto por las letras de Juan Rulfo, e incluso el presidente Enrique Peña Nieto, en el homenaje que se le rindió al escritor en el Palacio de Bellas Artes el 21 de abril, cuatro días después de su muerte, oficializó la leyenda en su discurso.

Por ello, ESPEJO reproduce la primera versión de Cien años de soledad, publicada en 1950 en la revista Crónica, 15 años antes de la supuesta epifanía del colombiano:

 

La casa de los Buendía1

La casa es fresca; húmeda durante las noches, aun en verano. Está en el norte, en el extremo de la única calle del pueblo, elevada sobre un alto y sólido sardinel de cemento. El quicio alto, sin escalinatas; el largo salón sensiblemente desamueblado, con dos ventanas de cuerpo entero sobre la calle, es quizá lo único que permite distinguirla de las otras casas del pueblo. Nadie recuerda haber visto las puertas cerradas durante el día. Nadie recuerda haber visto los cuatro mecedores de bejuco en sitio distinto ni posición diferente: colocados en cuadro, en el centro de la sala, con la apariencia de que hubieran perdido la facultad de proporcionar descanso y tuvieran ahora una simple e inútil función ornamental.

Ahora hay un gramófono en el rincón, junto a la niña inválida. Pero antes, durante los primeros años del siglo, la casa fue silenciosa, desolada; quizá la más silenciosa y desolada del pueblo, con ese inmenso salón ocupado apenas por los cuatro […] (ahora el tinajero tiene un filtro de piedra, con musgo) en el rincón opuesto al de la niña.

Al lado y lado de la puerta que conduce al dormitorio único, hay dos retratos antiguos, señalados con una cinta funeraria. El aire mismo, dentro del salón, es de una severidad fría, pero elemental y sana, como el atadillo de ropa matrimonial que se mece en el dintel del dormitorio o como el seco ramo de sábila que decora por dentro el umbral de la calle.

Cuando Aureliano Buendía regresó al pueblo, la guerra civil había terminado. Tal vez al nuevo coronel no le quedaba nada del áspero peregrinaje. Le quedaba apenas el título militar y una vaga inconciencia de su desastre. Pero le quedaba también la mitad de la muerte del último Buendía y una ración entera de hambre. Le quedaba la nostalgia de la domesticidad y el deseo de tener una casa tranquila, apacible, sin guerra, que tuviera un quicio alto para el sol y una hamaca en el patio, entre dos horcones.

En el pueblo, donde estuvo la casa de sus mayores, el coronel y su esposa encontraron apenas las raíces de los horcones incinerados y el alto terraplén, barrido ya por el viento de todos los días. Nadie hubiera reconocido el lugar donde hubo antes una casa. «Tan claro, tan limpio estaba todo», ha dicho el coronel, recordando. Pero entre las cenizas donde estuvo el patio de atrás reverdecía aún el almendro, como un Cristo entre los escombros, junto al cuartito de madera del excusado. El árbol, de un lado, era el mismo que sombreó el patio de los viejos Buendía. Pero del otro, del lado que caía sobre la casa, se estiraban las ramas funerarias, carbonizadas, como si medio almendro estuviera en otoño y la otra mitad en primavera. El coronel recordaba la casa destruida.

La recordaba por su claridad, por la desordenada música, hecha con el desperdicio de todos los ruidos que la habitaba hasta desbordarla.

Pero recordaba también el agrio y penetrante olor de la letrina junto al almendro y el interior del cuartito cargado de silencios profundos, repartido en espacios vegetales. Entre los escombros, removiendo la tierra mientras barría, encontró doña Soledad un San Rafael de yeso con un ala quebrada, y un vaso de lámpara. Allí construyeron la casa, con el frente hacia la puesta del sol; en dirección opuesta a la que tuvo la de los Buendía muertos en la guerra.

La construcción se inició cuando dejó de llover, sin preparativos, sin orden preconcebido. En el hueco donde se pararía el primer horcón, ajustaron el San Rafael de yeso, sin ninguna ceremonia.

Tal vez el coronel no lo pensó así cuando hacía el trazado sobre la tierra, pero junto al almendro, donde estuvo el excusado, el aire quedó con la misma densidad de frescura que tuvo cuando ese sitio era el patio de atrás. De manera que cuando se cavaron los cuatro huecos y se dijo: «Así va a ser la casa, con una sala grande para que jueguen los niños», ya lo mejor de ella estaba hecho.

Fue como si los hombres que tomaron las medidas del aire hubieran marcado los límites de la casa exactamente donde terminaba el silencio del patio. Porque cuando se levantaron los cuatro horcones, el espacio cercado era ya limpio y húmedo, como es ahora la casa. Adentro quedaron encerrados la frescura del árbol y el profundo y misterioso silencio de la letrina.

Afuera quedó el pueblo, con el calor y los ruidos. Y tres meses más tarde, cuando se construyó el techo, cuando se embarraron las paredes y se montaron las puertas, el interior de la casa siguió teniendo —todavía— algo de patio.

 

1 Este texto fue publicado por el diario El Heraldo, de Barranquilla, Colombia, el 9 de diciembre de 1952.

 

Publicado en julio de 2014 en la edición impresa de ESPEJO:

 

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