La Lomita de Culiacán | Una esperanza llamada Guadalupana

En este cerro de la colonia Guadalupe no se le apareció la Virgen a Juan Diego… pero fácilmente podría creerse que así fue.

lalomitadsc09998La presencia de la Guadalupana es tan intensa gracias a la gran devoción que comparte la multitud de creyentes que, “de todas partes” y no sin antes haber sorteado el terrible tráfico de la Obregón, llegaron al pie de La Lomita para subir, sin descanso, apoyados los unos a los otros, empujando o jalando, cual prueba de fe, los 144 escalones que llevan a la Virgen Morena.

Pequeños Juan Dieguitos, chupón incluido, dormidos o desconcertados, sobresalían entre los cientos de niños, jóvenes, adultos y ancianos que por igual quisieron vestirse del indio Juan Diego para cumplir una manda o por el gusto de hacerlo.

 

—Mi padre apenas anda, pero no se quiere perder este momento, aunque tengan que arrastrarlo —dijo una joven mujer que sostenía del brazo a un adulto mayor.

 

lalomitadsc09993Algunas señoras, conscientes del freno llamado sobrepeso, solas se animaban diciendo: ¡Ya mero, ya mero!, y encaraban la cima como un acto de sacrificio que bien valía la pena pues arriba las esperaba la Guadalupana con el consolador mensaje al pie de su imagen: “¿No estoy yo aquí que soy tu madre?”.

Nadie bajaba por las escaleras que aseguran mandó construir el general Ramón F. Iturbe como una promesa amorosa a su futura esposa. Los policías no permitían el paso al descenso pues el caos estaba garantizado si los flujos de gente iban de subida y bajada. De por sí.

lalomitadsc00041La meta era subir, naufragar entre el mar de gente que se amontonaba en la puerta principal para entrar al santuario de Nuestra Señora de Guadalupe y salir lo más rápido posible pues, a pesar de la eficiente ventilación del templo, la muchedumbre hacía del momento algo sofocante.

Valió la pena. Los rostros de los guadalupanos así lo delataban: el brillo en los ojos, algunos humedecidos, otros cerrados, en sincronía con la oración, pero todos ellos gustosos de estar ahí, ramo de rosas en mano, ofrenda hecha por ellos mismos o con el corazón pleno y agitado.

“Eran mexicanos, eran mexicanos, eran mexicanos su porte y su faz”, se escuchaba por todos lados, a lo lejos o cerca, el canto a la Virgen… el himno a la morenita.

lalomitadsc00080¿Para salir? Por la puerta de atrás, o por un costado. Ahí el asalto al bolsillo era una espiral de locatarios o vendedores ambulantes que tenían rodeada La Lomita con globos, algodón de azúcar, elotes, esquites, salchichas asadas, agua de cebada, viejitas… y todo lo que se pudiera comer y más. Incluso muchos “comieron churros” o pagaron por una foto de sus hijos montando un pony de fibra de vidrio. Los juegos mecánicos eran el imán perfecto para los niños: “30 pesos el boleto por un paseo en el que gustes”, decían las boleteras. Y muchos gustaron.

La vista desde lo más alto, como siempre, maravillosa estampa de un Culiacán soñado, tranquilo, aparentemente inofensivo. Sin el ulular de las sirenas y con la iluminación suficiente para pensar en que la siguiente estación de las multitudes es la Navidad, el nacimiento del niño Jesús, aunque sabedoras de que en los 12 días intermedios, el infierno podría desatarse en la capital sinaloense… como cada diciembre.

 

lalomitadsc00052Amén

Lo cierto es que si algún lugar tiene arraigo entre los culiacanenses, sin duda que ese espacio público es La Lomita. Pero ello no es solo por la atractiva pieza arquitectónica ahí erigida, sino por la presencia de la Guadalupana en el santuario que lleva su nombre y donde lo importante es la vívida sensación de un espíritu de fe y esperanza que se respira en medio del sofocante cuanto inevitable abrazo de una multitud en éxtasis, mismo que hace olvidar, aunque sea por un momento, la existencia de un Culiacán bravo, intenso.

 

FOTOS: Jesús Zazueta.

 

Publicada el lunes 12 de diciembre de 2016 en la revista ESPEJO bajo el mismo título.

 

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